Track 16: Armageddon 7;3

Ingenuos nosotros que pensamos que todo enero estaríamos haciendo cebo a la sombra de un mango. Hoy ha vuelto el Oscuro Jefe y nos ha acercado Él mismo el relato con el que abrimos uno de los últimos años de la humanidad. Es un dato inquietante, aunque a nadie le importa. Así que aquí está el papel de nuestro amigo Marán.


Armageddon 7;3


Ya cuando el éxodo vaciaba la ciudad, me decidí a acompañarlos. Los convoqué a mi alrededor:

—Que mi pueblo espere por mí. Ya estoy descendiendo.

Algún líder del grupo me detuvo. Me dijo:

—Usted no, Maestro. Debe quedarse acá, vigilando su calvario.

Lo vi dar vuelta la cara, como ocultando la burla. Le vi el número maldito palpitándole la nuca, tatuado en la roja piel. Le vi también los cuernos gastados, la cola sibilante. Desesperado por mi condición, quise bajar. Pero más lanzas y espinas coronaron mi estampa, la sed me despellejó vivo, el sufrimiento humano me retuvo en mi pedestal.

—Quédese, Maestro —dijo el Adversario.

—Sí, Maestro. ¡Quédese! —cantaron las muchedumbres moviéndose hacia un abismo horizontal.

Con un hilo de alma, intenté hablarles, advertirles, sancionarles. No pude. Las lenguas se mezclaron en las bocas, en las voces de alta torre, en las cabezas sordas de maldición. Una niña sucia y altiva me arrojó tres piedras. La primera, la del medio, la última. Nada me comprendía. Agotado, aún intenté resucitar en cuerpo y sangre ajenos, parecerme a los múltiples muertos.

Pero el Adversario arreó a mi pueblo. Como si nada.

Los vi alejarse, cantando blasfemias, perdiéndose en la bruma arenosa. Los escuché bramar en el eco de los peñascos y parecían felices en el descenso. Al fin, advertí una risotada maléfica, un aullido fatal que me erizó la nuca compungida. Tuve miedo.

Luego, me sobrevino el silencio.

El desierto me hinchó de soledad e impotencia. Pensé en todos ellos, en todas ellas, en quién era o a qué me parecía yo. No soporté el desaire, el dolor en mis clavos, mi desnudez. Y con los brazos en cruz pedí ayuda a los cielos, que se hinchaban en negras nubes.

—Padre. Padre. No me olvides…

Pero el mundo siguió caminando. Como si nadie quedara en él.

                                                                                                          Joseph Paul Pettit



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